Suicidios en la magistratura de Francia

Philippe Tran-Van era juez de instrucción en el Juzgado de Primera Instancia de Pontoise. Dio fin a sus días. ” Decimos que soy incompetente, mientras que es imposible hacer frente a la carga de trabajo” escribió para explicar su acto. A pesar de dramas repetidos, el sufrimiento en el trabajo en el mundo judicial queda en un tabú.
Por Elsa Vigoureu
“Se dice que soy incompetente para administrar mi gabinete mientras que con la mejor voluntad del mundo, es imposible hacer frente a la carga de trabajo. Entonces, prefiero terminar”, escribió Philippe Tran-Van en su mensaje de adiós (c) Afp
Él tenía 45 años. Una mujer, dos niños. Y por encima de todo, un oficio que él tenía por un compromiso : magistrado. Philippe Tran-Van era juez de instrucción en el juzgado de primera instancia de Pontoise. Pero él no podía seguir allí más. El último 16 de septiembre, él se suicido.
Antes de pasar al acto, él redactó a un correo que sus padres encontraron en su departamento sobre la mesa del comedor, bajo un cuadro ancho que le presentaba una vista nocturna de la Conserjería a París. Philippe Tran-Van, cuya escritura era de ordinario ilegible, había hecho el esfuerzo de escribir en capitales de imprenta para que todo sea muy claro:” Le di todo a la justicia y a la magistratura. Yo mismo di lo mejor, yo sacrificó mi vida de pareja que es una de las causas de mi divorcio. (…) se dice que soy incompetente para administrar mi gabinete mientras que con la mejor voluntad del mundo, es imposible hacer frente a la carga de trabajo. Entonces, prefiero acabarlo porque pegarme mi jerarquía para hacer valer mis medios de defensa me parece vano. Nadie no le felicita cuándo todo va bien y que se agota en el trabajo. (…) siempre fui leal enfrente de mi jerarquía y mis evaluaciones precedentes lo demuestran. [@] me colman de todos estos dolores y mis propios colegas me sostuvieron sólo en apariencia. Que mis allegados particularmente mis niños me perdonen lo que voy a hacer y apenarlo que voy a hablarles. Los quieto con todo mi corazón. Perdón. Philippe Tran-Van.”

Por la mañana, él hizo una llamada telefónica a su mujer para pedirle a qué hora pensaba tomar su tren para irse al trabajo. A las 7h 40, ella respondió ensartando sus zapatos. Él contó a su esposa que pensaba irse a USM (Unión sindical de los magistrados) para concretar su situación dolorosa, que lo tendría al corriente evidentemente. Luego él tomó su coche, puso sobre el asiento pasajero un bolso lleno de documentos. Por el camino, él cruzó a su hija, la condujo a la escuela. Y él telefoneó a su hijo para decirle que va a aparcar su coche delante de su domicilio, que no se inquieta pues viéndolo a su vuelta del instituto. Y luego él dejo las llaves de su vehículo con una pequeña palabra en el buzón de la casa. Para decir que él guardaba solamente sus papeles sobre él, con el fin de poder ser identificado. Philippe Tran-Van se fue a pie a la estación. Sobre el muelle, un colega magistrado lo reconocio, le sonrió. Philippe Tran-Van no tenía ganas de hablar, le dio la espalda para toda respuesta. Él hasta dejó pasar el tren en el cual el colega embarcó. Luego, él depositó sus gafas, sonido carteras, su i-phone en el suelo, antes de descender sobre los carriles. Allí, él esperó que el tren de 9 horas, que venia directo de Pontoise, y dejo que pase sobre él.

150 expedientes apilados sobre su oficina Sobre su oficina, 150 expedientes se amontonaban. Entre los que veinte estaban “en en orden” o como se dice, acabados. Y 90 concernían a hechos criminales. Philippe Tran-Van fue devuelto a deber hacer la selección. “El mismo que debieron hacerle los jueces de aplicación de las penas a Nantes, y todos los magistrados agobiados a quienes cuenta el país”, exclama Isabelle Tran-Van, su mujer. “Para él, tener que establecer prioridades, deber escoger, abandonar a gente a su desamparo, era insoportable”. Con en prima, al vientre, el temor constante a cometer una falta. “Él hacía correos para decir que él no podía de allí más, que fue desorillado”, asegura su mujer Isabelle. “Él alertaba, pero nada no cambiaba”.

Quejarse, reconocer que no se llegue allá, “esto no se hace en la magistratura, confía a Nadine Barret, a antigua colega de Philippe Tran-Van y a miembro de FO-magistrats. Esto hay que exponerse a riesgo de entenderse responder que se es débil, incompetente”.”Nunca ha sido aliviado en su tarea”, se acuerda su mujer. Entonces el juez de instrucción salido décimo de su promoción a la escuela de la magistratura de Burdeos, conocido como alguien de brillante, se hundió. Lentamente, en la vergüenza, y en silencio. En abril de 2010, Philippe Van-Tran se hace prescribir anti-dépresseurs. Pero sobre todo, no decirle nada, a nadie. Cuando se es magistrado, nos debemos de aguantar :” Él decía que sería una debilidad de hacer esta confesión, y pues una falta”, persigue Isabelle Tran-Van. Él anunció en junio a su mujer que la dejaba, “su vida profesional le ahogaba, decía que no me quería más, que pensaba todo el tiempo en su trabajo, que no podía tener más nada más en cabeza”. El 5 de agosto, mientras que estaba en vacaciones, Philippe Tran-Van se fue al tribunal de Pontoise, intentó apoderarse del arma de un policía para devolverla contra él. Un grito de socorro al cual su jerarquía respondió por convocatorias múltiples en un marco disciplinario. Philippe Van Tran es reencontrado unas semanas más tarde casi inconsciente en él, después de haberse tragado demasiadas medicinas.A principios de septiembre, el médico consejo le autoriza para recuperar su actividad profesional. Él se regocija de eso. No su jerarquía, que pide uno dobla opinión médica. Y el 15 de septiembre, “le volvemos a poner un informe donde es acusado de deslealtad, de incompetencia”, cuenta Isabelle Tran-Van. “Él me habla de eso la misma tarde al teléfono, él me dice: ‘me firmaron mi detención de muerte profesional’. Era como calzado al cabo de un callejón sin salida. Su cita con el médico consejo estuvo fijado en el 17 de septiembre. Se sentía deshonrado, humillado. Él no podía afrontar más todo esto”.

Suicidios en Caen, Metz, Aviñón…
Quince días antes de Philippe Tran-Van, es Jérôme Vogt, magistrado aconsejarle a Tribunal de Apelación de Caen, que puso fin hasta sus días. Él se colgó en él, mientras que debía recuperar su trabajo el día siguiente. En 2008, siempre en Caen, otro magistrado se suicidó. En 2009, dos funcionarias de justicia pusieron fin hasta sus días, en Metz, en Aviñón. En 2004, en Avesnes-sur-Elpe, una mujer sustituto del procurador se colgó. Gérald Lesigne, antiguo fiscal de Boulogne-sur-Mer en el momento del asunto de Outreau, conocía a Jérôme Vogt. Él dice : “Es un colega quien presentaba un ciertos número de puntos de fragilidad. Pero en el ámbito de nuestra vida profesional, es verdad también, estamos confrontados diariamente con los sufrimientos de la sociedad. Esto puede pesar. Tomar una decisión que pone en juego la vida, el futuro de la gente, nunca es simple. Podemos comprender que algunos se sientan agobiados”.Cansados, a final, los burn-out de magistrados son cada vez más numerosos. Al oeste de la Francia, un hombre de menos de cuarenta años murió de un infarto, dejando detrás de él a un niño de siete años. Había que parquetier. “Una tarde, después de un día particularmente pesado de trabajo, cuenta uno de sus colegas, él sabe que él no tiene la mudanza que él esperaba tanto”. El magistrado, que no tenía el menor problema cardíaco, dejó su oficina tan enervada como se fue hacer un footing. Su cuerpo ha sido reencontrado en el bosque. “Y el día de su entierro, mientras que el ataúd entraba en tierra, el fiscal se preguntó en voz alta cómo él iba a organizar su cuadro de servicio para el día siguiente”, persigue el mismo colega.

Un sufrimiento todavía tabú
Todavía taboue, la pregunta del sufrimiento en el trabajo en el mundo judicial comienza solamente a ser abordada por los sindicatos. Fuerza obrera trabaja desde hace varios años con el profesor en Cnam, Christophe Dejours, en este tema. USM (Unión sindical de los magistrados) participio desde el diciembre en un grupo de trabajo encargado reflexionar sobre el tema. Emmanuel Poinas, vicepresidente del Juzgado de primera instancia en Marsella explica : “Es siempre difícil hablar de esto. En nuestro oficio, todo elemento de debilidad del que usted da pruebas es llevado a carga contra usted”. Nicolás Léger, miembro de la USM, confirma :” La cultura del magistrado, es de asumir todo. Al cabo de cinco autopsias, no tenemos el derecho de decir que somos dados asco”. Hay que ser fuerte, y sostener sin parpadear “de estar sobre el puente doce días y doce noches, cuando usted es en el entarimado con para solo descanso un fin de semana pobre al final”, demuestra Nadine Barret, sustituto del procurador en Toulon y miembro de FO-magistrats.El tabú todavía es sin embargo lejos de ser levantado. En Pontoise, después de la defunción de Philippe Tran-Van, muchos de sus colegas pidieron su mudanza. Una de ellas zozobró a su turno en la depresión. Después del drama, Isabelle Tran-Van recibió a un correo de la directora de los servicios judiciales, a Verónica Malbec, donde no es cuestión del suicidio de su marido, sino de su “desaparición”. Y donde se le asegura que “la institución judicial guardará la memoria de un magistrado muy investida en la ocupación de sus misiones”. Lo que no apacigua la cólera de una mujer, de lo que ambos niños son privados en lo sucesivo de padre.” El caso de mi marido es el paroxismo del sufrimiento en el trabajo, y quiero que sea reconocido como tal”, insiste ella. El 2 de febrero de 2011, Isabelle Tran-Van le envió una carta al presidente de la República Nicolas Sarkozy, y a ministro de Justicia Michel mercero. Ella pide que “la luz sea [] hecha sobre este asunto trágico”. A la Cancillería, respondemos que ninguna ” inspección no es diligentée este día”, hasta si reconnait que “los oficios de la justicia son difíciles”.
Elsa Vigoureux

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~ por lacanianosarequipa en 10 febrero, 2011.

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